El viticultor, enólogo, docente y bodeguero mendocino Daniel Buono es también un talentoso comunicador de los problemas y desafíos que vive la vitivinicultura local y nacional, generando textos que comparte generosamente con los medios interesados en estas temáticas. En esta columna de opinión, Buono realiza un balance entre el capital que se mide y el que se pierde en la riqueza de una Nación. (En la imagen principal, la marcha de alumnos, docentes y personal de la UNCuyo el 13/5/2026, encabezada por el actual vicerrector y candidato a rector, Gabriel Fidel, y por la decana de Ciencias Agrarias y candidata a vicerrectora, María Flavia Filippini; foto Cristian Lozano).
Por momentos, la discusión pública argentina parece girar en círculos: inflación, dólar, déficit. Variables necesarias, sin duda, pero insuficientes. Porque antes de preguntarnos cómo estabilizar la macroeconomía, conviene formular una pregunta más profunda: ¿qué entendemos por riqueza?
La economía contemporánea ha dejado atrás -al menos en el plano teórico- la identificación simplista entre Riqueza y Producto Interno Bruto. Hoy sabemos que una nación es rica no por lo que produce en un año, sino por el stock de capitales que acumula y preserva: capital humano, capital natural, capital físico y capital financiero. Entre ellos, dos son decisivos: las personas y la naturaleza.
En ese marco, emergen dos preguntas que no son retóricas, sino estructurales.
La primera: ¿qué está primero, el hombre o la macroeconomía? La segunda: ¿la economía debe servir al hombre o el hombre al sistema económico?
Las respuestas no admiten ambigüedades. La economía es un instrumento; la persona, el fin. Cuando esta jerarquía se invierte, el resultado no es sólo injusto: es también ineficiente. Porque una sociedad que deteriora su capital humano o depreda su capital natural está, en rigor, empobreciéndose, aunque sus indicadores de corto plazo muestren algún alivio.
El ajuste invisible: educación y fuga de cerebros
En la Argentina actual, esta inversión de prioridades se vuelve tangible en un punto crítico: el financiamiento del sistema educativo, por abordar sólo este tema desde el punto de vista universitario, aunque es mucho más amplio y complejo.
El deterioro presupuestario de las universidades públicas no es un dato menor ni sectorial. Es, en términos estrictos, un proceso de descapitalización nacional. Cada docente que abandona el sistema, cada investigador que emigra, cada estudiante que queda fuera, representa una pérdida concreta del activo más valioso que tiene el país.
La llamada “fuga de cerebros” no es una metáfora: es una transferencia real de riqueza. Argentina invierte durante años en formar profesionales que luego producen valor en otras economías. En la contabilidad del desarrollo, eso equivale a exportar capital humano sin retorno. Y aquí la paradoja es brutal: mientras se discute cómo atraer inversiones externas, se expulsa silenciosamente la inversión interna más estratégica, que es la educación.
Incentivos desalineados: RIGI, grandes capitales y economías regionales
En paralelo, el esquema de incentivos económicos plantea otra tensión estructural. Los regímenes de promoción a grandes inversiones -como el RIGI y sus versiones ampliadas- buscan atraer capital externo con beneficios fiscales, estabilidad normativa y facilidades cambiarias. El argumento es conocido: sin incentivos, la inversión no llega. Pero la pregunta es inevitable: ¿por qué esos mismos criterios no se aplican a las economías regionales?
Las pymes, el agro, la vitivinicultura, las economías de base territorial -intensivas en empleo y arraigo- operan en condiciones mucho más adversas: presión impositiva elevada, costos logísticos desproporcionados, acceso limitado al crédito y alta incertidumbre regulatoria.
El resultado es un sesgo evidente: se incentiva la gran inversión extractiva o concentrada, mientras se desatiende el tejido productivo que sostiene el empleo y la identidad económica del país.
Un caso testigo: la vitivinicultura
Argentina es el 5to. productor mundial de uva, pero apenas el 12avo. exportador. La brecha no responde a falta de calidad ni de capacidad productiva, sino a condiciones estructurales adversas. Si el país lograra escalar al quinto puesto como exportador, ingresarían aproximadamente 1.100 millones de dólares por año de manera directa. No se trata de un salto tecnológico imposible, sino de algo mucho más básico: un sistema impositivo racional, una infraestructura de transporte eficiente y una estabilidad macroeconómica mínima.
Es decir, lo que se ofrece como incentivo a grandes capitales podría -con menor costo fiscal y mayor impacto social- potenciar sectores ya existentes.
La riqueza que se escurre
Cuando se observa el conjunto, el problema deja de ser sectorial y se vuelve sistémico. Argentina no es un país pobre en recursos. Es un país que, de manera recurrente, no logra transformar sus activos en riqueza sostenible. Pierde capital humano por falta de inversión. Subutiliza su capital natural por mala gestión. Desincentiva su capital productivo local mientras promueve capital externo con reglas diferenciales.
En ese esquema, la macroeconomía deja de ser herramienta y se convierte en condicionante. Y entonces, la pregunta inicial vuelve con más fuerza: ¿para quién funciona el sistema económico?
Una advertencia antigua
Tal vez el mayor riesgo no sea la crisis visible, sino la naturalización de estas dinámicas. Que la pérdida de talento, el cierre de pymes o el estancamiento de las economías regionales se vuelvan paisaje. Porque cuando una Nación se acostumbra a exportar su inteligencia, a degradar su tierra y a concentrar sus oportunidades, la riqueza deja de ser un proyecto común y pasa a ser una estadística vacía.
Y entonces, como en la vieja advertencia de Atahualpa Yupanqui, la historia vuelve a repetirse, con una tristeza conocida:
«Que no se diga otra vez
que en esta tierra generosa
las penas siguen siendo nuestras,
mientras la riqueza -callada, constante-
vuelve a marcharse ajena».














