La vitivinicultura argentina cuenta con más de cinco siglos de historia, integrando los saberes de la población local con la influencia que traían los inmigrantes del Viejo Mundo europeo. Mucho antes de la introducción de las cepas francesas gracias al prócer Domingo F. Sarmiento y el agrónomo francés Michel Aimé Pouget a fines del siglo XIX, ya en el país se tomaban vinos españoles y el popular vino de uvas criollas.
El vino en este país comenzó a producirse en la provincia de Santiago del Estero, a partir de las cepas Moscatel y Uva País, procedentes de España. La expansión de su cultivo siguió de la mano de los Jesuitas. Hacia 1598 había viñedos en los actuales territorios de Mendoza, Córdoba, Santa Fe, Buenos Aires y Misiones.
Pero, ¿en qué momento de su producción se encontraba el vino en los días de la Revolución de Mayo, en esas fechas que hoy celebramos como Día Patrio?
El reconocido historiador Daniel Balmaceda cuenta que, sin dudas, lo que cambió mucho desde ese entonces fue la calidad de la bebida: “Hacia 1810, había mucho vino de uva criolla. Ya se sabía que en esa época existían buenos viñedos en la zona de Cuyo, pero no estaba desarrollado su consumo y no había buenos caminos para transportarlo desde la zona de producción a Buenos Aires».
“Un siglo más tarde, en el Centenario de la Revolución de Mayo -agrega Balmaceda-, ya había vinos importados destilados, así como todo tipo de bebidas importadas. Ya se veían como muy prometedoras las bodegas de San Juan y de Mendoza, que hacía décadas venían siendo proveedoras de vino”.
Balmaceda aclara, además, que para 1910 comenzó la moda del vino fino: un vino no tan fuerte, sino más delicado. Así se llegó, por ejemplo, a un Pinot Noir, con características organolépticas más adaptadas al siglo XX, muy distinto a lo que se tomaba en el siglo XIX.
¿Quiénes tomaban vino en esa época? Según el historiador, todos, aunque más que nada los hombres.
Por su parte, en su libro «Al gran pueblo argentino, salud!», el famoso escritor argentino Felipe Pigna detalla que en la época de la Revolución de Mayo el vino era la bebida popular por excelencia y un motor clave de la industria regional. En las mesas y pulperías de aquel entonces se consumían principalmente los vinos criollos, elaborados a partir de las primeras cepas traídas por los jesuitas y españoles durante la época colonial, cepas que fueron las madres de la actual uva Criolla.
Los vinos en esos días de la gestación de la independencia de España provenían de la región de Cuyo, particularmente de Mendoza y San Juan, y también algo de las provincias del actual Noroeste Argentino (NOA): La Rioja, Catamarca y Salta. En Mendoza, sobre todo, ya producían vinos de consumo cotidiano para abastecer a la comunidad y a los viajeros.
Sobre aquellos vinos criollos, Pigna también destaca que, al no existir los productos conservantes que existen hoy, para que el vino pudiera mantenerse a lo largo del año sin avinagrarse, los productores coloniales acostumbraban a cortar el mosto agregándole vino cocido.
También apunta el historiador que, años después de 1810, cuando el General José de San Martín preparó en Mendoza el Ejército Libertador, por su alto valor calórico y energético, el vino cuyano fue utilizado por como alimento fundamental para que sus tropas pudieran cruzar la Cordillera de los Andes.
El vino español y el vino criollo
El historiador mendocino Pablo Lacoste, en su libro «Vinos de capa y espada», cuenta que en 1810, los argentinos de la élite consumían principalmente vino Carlón (traído de Castilla, España) y vinos de Rioja. Mientras, las clases populares y sectores rurales bebían aguardientes y el incipiente vino local elaborado en Mendoza y San Juan con uva criolla, que llegaba a las pulperías de Buenos Aires en carretas y mulas tras un viaje de dos meses.
El vino Carlón era el vino predilecto en las mesas de las familias más pudientes. Se trataba de un vino español de gran cuerpo y alta graduación alcohólica que, al llegar a las colonias, se rebajaba con soda y hielo. Y un dato muy interesante: en Mendoza y San Juan se elaboraba el llamado vino «común», además de aguardientes. Como el agua no era potable ni segura, el vino mezclado con agua o soda era fundamental en la dieta diaria.
El actual Malbec y otras cepas francesas aún no habían llegado al Virreinato del Río de la Plata. Las viñas se cultivaban bajo técnicas coloniales como el «cepas de cabeza» y los parrales, y la variedad estrella de la región era la Moscatel de Alejandría, además de la uva Criolla.














