En el marco del aniversario 25 de la Asociación Argentina de Sommeliers (AAS), entrevistamos a Marina Beltrame, fundadora de la primera Escuela de Sommellerie del país y pionera de la actividad en Argentina. La joven profesional nacida en Buenos Aires y formada en la prestigiosa Ecole de Métiers de la Table en París, fue la primera sommelier profesional titulada de la Argentina. En esta nota aporta su mirada sobre el crecimiento de la profesión, la construcción de una comunidad que hoy trasciende fronteras y los desafíos que marcarán el futuro de los sommeliers argentinos.
-En 2001 no existía la figura del sommelier en Argentina como la conocemos hoy. ¿Qué viste en ese vacío que te llevó a fundar la AAS? ¿Cuál fue la gota que rebalsó el vaso?
-La respuesta es un poco extensa, pero creo que vale la pena porque ayuda a entender el contexto de esos años. Primero existió la Escuela Argentina de Sommeliers (EAS), que fundé en 1999, en un momento en el que la figura del sommelier no existía en Argentina y sinceramente no imaginaba el impacto que iba a tener en toda la actividad vitivinícola.
Al finalizar el primer ciclo académico surgió la posibilidad de otorgar una certificación internacional. Para esa ocasión junto a Georges Sabaté, mi mentor y quien me consiguió una beca para estudiar la carrera en París, trajimos al presidente de la Asociación Canadiense de Sommeliers -quien además sería organizador del Mundial de Sommeliers– y dos profesores de un instituto terciario de Barcelona. Uno de ellos era Agustí Torelló, que en ese momento presidía el comité técnico de la Association de la Sommellerie Internationale (ASI), una de las máximas autoridades mundiales del sommellerie.
En ese contexto se realizaban asambleas y presentaciones institucionales, y allí propuse a Argentina como posible país miembro de la ASI. Pero, claro!, para poder ingresar era indispensable contar primero con una asociación nacional. Así, meses más tarde junto con los egresados de la primera camada de la AS, fundamos la AAS.
-Hace 25 años, decirle a un bodeguero que necesitaba un sommelier sonaba a lujo francés. ¿Cuál fue la resistencia más dura que tuviste y cómo la derribaste?
-Una de las primeras bodegas que entendieron de qué hablaba fue Fabre Montmayou, de dueños franceses que rápidamente visualizaron el potencial y el impacto que tendría la figura del sommelier en un contexto de expansión y crecimiento. Luego, Alejandro Bianchi me dio mi primer trabajo y con él, casi sin darme cuenta, descubrí mi pasión por la docencia.

Despues llegó un firme apoyo de Nicolás Catena, y en ese momento me pareció una verdadera utopía realizada. Me encontré con muchas más puertas abiertas que cerradas y por eso voy a estar siempre profundamente agradecida a tantos referentes de aquella época -muchos de los cuales siguen siéndolo hoy- por esa confianza genuina y sincera.
–La AAS arrancó con 12 socios. Hoy son más de 500 y avalados por la ASI. Si esa Marina de 2001 te viera hoy, ¿qué no se creería del camino recorrido?
-Absolutamente todo era inimaginable. Hubo aciertos, logros enormes y también momentos difíciles, incluso traiciones. Pero cuando miro hacia atrás, pienso que todo fue una mezcla de tenacidad y también de cierto atrevimiento.
Sentía que, mientras cuidara el nombre de la profesión con trabajo, respeto y convicción, nada podía salir tan mal. Y hoy, viendo el camino recorrido, puedo confirmar plenamente que esa era la manera, al menos mi manera.
-Hubo un antes y después cuando Argentina entró a la ASI. ¿Qué puerta abrió internacionalmente que todavía hoy nos da de comer?
Siempre recuerdo la experiencia del Mundial de Canadá porque realmente fue un espectáculo impactante. En ese momento todavía no teníamos asociación y EAS apenas había cumplido un año. Sinceramente, no imaginaba todo lo que podía venir después.
En 2002, junto a Agustí Torelló, quien había llegado para evaluar a la tercera cohorte de sommeliers, organizamos el primer concurso. Y creo que ahí comenzó un camino de crecimiento constante, cada vez con más exigencia, profesionalismo y compromiso.
El ingreso a la ASI abrió una puerta enorme al mundo: nos permitió conectarnos con estándares internacionales, entender cómo se movía la sommellerie global y, sobre todo, demostrar que Argentina tenía talento, identidad y muchísimo para aportar.
-Valeria Gamper, Paz Levinson, Martín Bruno… ¿Qué tiene que tener un sommelier argentino que no tienen los europeos para ganar premios afuera?
-En cada uno de los ganadores, finalistas y en gran parte de los concursantes veo algo en común: infinitas horas de estudio, práctica y dedicación. Hoy la vara está altísima y competir a nivel internacional exige una preparación enorme.
Durante muchísimos años pensé que ese camino era completamente individual. De hecho, en 2008 hasta nos acusaron erróneamente de entrenar candidatos, como si eso fuera algo negativo. Pero con el tiempo entendí exactamente lo contrario: los grandes concursos se ganan con trabajo colectivo, entrenamiento, intercambio y apoyo mutuo.
Y creo que ahí el sommelier argentino tiene algo muy valioso: una enorme capacidad de adaptación, resiliencia y generosidad para compartir conocimiento. Hay mucho esfuerzo personal, claro, pero también una comunidad que empuja y acompaña. Y eso, en competencias internacionales, hace una diferencia enorme.
–De servir vino a dirigir exportaciones, márketing y turismo. ¿En qué momento el sommelier dejó de ser un ‘mozo especializado’ y pasó a ser un actor estratégico del vino?
-Tal como lo recuerdo, al comienzo la mayoría de quienes estudiaban trabajaban en servicio. Pero apenas terminaban la carrera, rápidamente eran incorporados por bodegas, distribuidoras e importadoras. Ahí empezó a quedar claro que el sommelier podía aportar muchísimo más que conocimiento técnico o trabajo de salón. Con el tiempo, muchos además se transformaron en emprendedores y creadores de nuevos espacios y roles que hasta entonces eran impensados: comunicación, márketing, exportaciones, hospitalidad, turismo del vino, educación y consultoría, entre tantos otros. Creo que el gran cambio ocurrió cuando la industria entendió que el sommelier no solo sabía servir vino, sino también comunicarlo, interpretarlo y conectar al consumidor con una experiencia y una cultura.
-¿Qué pelea todavía no ganamos como sommeliers argentinos? ¿Qué te frustra que siga pasando en restaurantes?
-Creo que relativamente rápido el sommelier pasó a ocupar un lugar prestigioso dentro de los restaurantes. Pero detrás de eso hay una realidad muy exigente. El servicio demanda muchísimas horas, mucha energía y una entrega constante. Trabajé más de 7 años en restaurantes y hoteles y muchas veces sentí que más que un trabajo era un estilo de vida.
Hoy las condiciones son bastante mejores y las reglas mucho menos duras que en aquella época, pero sigue siendo una profesión demandante y, en muchos casos, económicamente poco valorada en relación con el nivel de preparación y compromiso que requiere.
Quizás esa sea una de las peleas que todavía no terminamos de ganar: lograr que el enorme valor profesional del sommelier sea reconocido de manera más consistente. Aun así, también creo que hay personas tan talentosas y capaces que el reconocimiento termina llegando de distintas formas, porque el aporte que hacen es genuino y muy difícil de reemplazar.
-La profesión convive hoy con inteligencia artificial, sostenibilidad, nuevas formas de consumo y los desafíos del cambio climático. Si estuvieras creando una escuela o una asociación desde cero en 2026, ¿qué herramientas sumarías y qué principios mantendrías intactos?
-No cambiaría lo esencial, porque desde el comienzo mi prioridad fue defender el consumo responsable del vino y acompañar a los consumidores desde el conocimiento y la educación. Llevo 27 años formando gente y podría decir que cambió todo: la tecnología, los hábitos de consumo, la comunicación e incluso los desafíos de la industria. Pero hay valores que no cambiaron en absoluto.
Seguiría poniendo el foco en el respeto, tanto hacia los productores como hacia los consumidores, entendiendo que los sommeliers somos comunicadores y parte de una cadena mucho más grande. No somos más importantes que la botella que estamos abriendo ni que la persona a la que se la estamos presentando.
Tal vez hoy agregaría herramientas vinculadas a la inteligencia artificial, sostenibilidad, cambio climático y nuevas tendencias de consumo, porque el contexto obliga a adaptarse constantemente. Pero la esencia seguiría siendo exactamente la misma.
-Te tocó ver crecer el Malbec, la revolución de blancos, el boom del Pinot. ¿Cuál es la siguiente ola que el sommelier tiene que surfear sí o sí en los próximos 5 años?
-Hay cada vez más diversidad, más identidad y también consumidores mucho más abiertos a descubrir estilos distintos. También hicimos un gran trabajo con las burbujas: logramos correrlas bastante de la estacionalidad de las fiestas de fin de año y hoy forman parte de muchos más momentos de consumo y propuestas gastronómicas.
La gastronomía, además, está cambiando de manera muy dinámica y nos está marcando un camino diferente, con platos más frescos, más diversos y más ligados al producto y al territorio. Ahí el sommelier tiene un rol fundamental interpretando esas nuevas formas de consumir y maridar.
Creo que en los próximos años vamos a tener que seguir prestando muchísima atención a la versatilidad: blancos, espumosos, variedades menos tradicionales, regiones nuevas y estilos más frescos y precisos. Argentina tiene recursos extraordinarios y todavía muchísimo potencial por mostrar.
-Después de 25 años formando generaciones de sommeliers, ¿qué te gustaría que dijeran de tu aporte a la profesión? ¿Y qué consejo le darías a una joven de 20 años que hoy sueña con recorrer ese mismo camino?
Siempre les digo algo en las graduaciones: esta profesión ofrece momentos maravillosos -catas, maridajes, viajes y experiencias únicas- pero también requiere muchísimo esfuerzo. Hay una frase que uso mucho: “hay que comer mucho foie gras para poder llevar un plato de lentejas a casa”. Detrás de lo glamoroso hay trabajo, sacrificio y una enorme dedicación.
También les recuerdo que no somos los protagonistas. Somos el puente entre quien produce y quien disfruta el vino. Una vez me compartieron una frase que me marcó mucho: “muchas veces tenemos vidas prestadas”. Y creo que es verdad, porque nuestra tarea es representar, comunicar y cuidar historias ajenas con respeto y sensibilidad.
¿Y qué les deseo a quienes empiezan hoy? Trabajo. Mucho trabajo. Porque eso significa oportunidades, crecimiento y aprendizaje. Y, sobre todo, que nunca pierdan la pasión, que es lo que realmente sostiene una carrera tan intensa y tan maravillosa.
-Si pudieras volver a 2001 con el diario del lunes, ¿qué harías distinto? ¿De qué te arrepentís?
-Fundé la Asociación con una idea muy clara: que los sommeliers, después de pasar por las aulas, tuvieran un espacio de encuentro, de pertenencia y de reencuentro profesional y humano. Claro que no todo fue color de rosa -o mejor dicho, color malbec, para mantener la temática. Han habido diferencias, momentos difíciles y desafíos que jamás hubiera imaginado en 2001. Pero sinceramente, cuando hago el balance, siento que ha sido muchísimo más positivo que negativo. Más que arrepentimientos, tengo aprendizajes. Y si algo espero es que la asociación siga creciendo con ese mismo espíritu: unir, profesionalizar y acompañar a las nuevas generaciones de sommeliers.
Fuente: Asociación Argentina de Sommeliers














