En la pequeña localidad de Lanzahíta, provincia de Ávila, España, al amparo de la Denominación de Origen Protegido Cebreros, una bodega familiar recupera variedades autóctonas a punto de desaparecer y practica una viticultura 100% manual sobre viñedos de hasta cien años de antigüedad. Allí se elaboran vinos de alta calidad de hileras de viñas que a veces no tienen más de 10 metros de longitud, literalmente colgadas de las faldas de la pintoresca sierra de Gredos, con las variedades Garnacha tinta, Albillo Real y la casi extinta Legiruela, que sólo crece en el cercano pueblo de Pedro Bernardo. Los periodistas de Enolife visitamos ese paisaje idílico enmarcado por el Valle del río Tiétar, probamos los vinos y disfrutamos de la gastronomía típica y la calidez de los propietarios, verdaderos pioneros de la zona.
Por Brenda Straniero (corresponsal de Enolife en España)
y Pedro Straniero (director periodístico de Enolife Argentina)
Lo que comenzó como un proyecto casi ocioso en un garaje del pequeño municipio de Lanzahíta (900 habitantes) se convirtió, en poco más de una década, en uno de los proyectos enológicos más singulares del Valle del Tiétar, un paraje de ensueño que apenas figuraba hasta entonces en los mapas de la ostentosa vitivinicultura española.
La bodega Huellas del Tiétar elabora allí vinos de parcela -los que en Argentina llamamos de viñedos únicos o «single vineyard»– con uva 100% propia, sin comprar la fruta a terceros, y con una filosofía que su propietario Feliciano Conde resume con claridad: «Con 6 hectáreas de viñedo no puedes hacer un proyecto de cantidad; tienes que ir a un proyecto de calidad, y eso es lo que estamos haciendo».
De garaje a bodega tecnológica
En 2013, Feliciano Conde comenzó a recuperar pequeños viñedos abandonados en los alrededores de Lanzahíta -las llamadas en la zona «contagiles», parcelas minifundistas dispersas por el Valle del río Tiétar– y a elaborar vino de forma artesanal. En 2017, el proyecto dio un salto cualitativo con la construcción de la bodega física y la incorporación de su hija Teresa Conde y de la enóloga Celia Fernández, quien pasó a ser la responsable de las decisiones técnicas. «Es la que ha tenido la idea de los vinos. Es la que nos ha dicho que hiciérmos vinos de variedades a veces menospreciadas y la que diseñó nuestra marca ‘Efímero’. O sea, que aquí participamos todos en todo», señaló Feliciano durante la visita.

Ese mismo año 2017 fue creada formalmente la Denominación de Origen Protegido (DOP) Cebreros, la que en 2019 recibió el aval de la Unión Europea (UE). En mayo de 2025, la bodega inauguró además un restaurante en sus propias instalaciones, sumando una nueva dimensión al proyecto.
Viñedos de secano, granito y altura
Las 6 hectáreas de Huellas del Tiétar están divididas en pequeñas parcelas con una edad media de viñedo de entre 70 y 80 años y también con cepas centenarias prefiloxéricas. El viñedo es de secano, en suelos graníticos y franco-arenosos que obligan a la raíz a profundizar para buscar agua, generando una acidez natural que equilibra el alto grado alcohólico característico de la zona.
La altitud es variable y determinante del estilo de cada parcela: desde los 550-600 metros sobre el nivel del mar en la zona de La Bandera -los viñedos más bajos de toda la DOP Cebreros- hasta los 900-1.000 metros en parcelas de la cara norte, en El Barraco. El marco de plantación es de 1×1 metro en vaso, lo que hace imposible cualquier mecanización: el arado, la poda y la vendimia son labores enteramente manuales.
La variedad principal es la Garnacha tinta, expresiva y bien adaptada al terroir granítico de
Gredos. «Nada tiene que ver una Garnacha de esta zona con una Garnacha, por ejemplo,
de Aragón o de Terraalta en Cataluña«, explicó Feliciano. También trabajan con Albillo real,
uva blanca de ciclo corto que se cosecha en agosto y que históricamente era apreciada
como uva de mesa por su maduración temprana y su característico color dorado intenso.
La recuperación de la Legiruela
El proyecto más singular de Huellas del Tiétar es la recuperación de la Legiruela -también
llamada Ligeruela-, una variedad autóctona casi extinta originaria del municipio de Pedro
Bernardo. Los habitantes de ese pueblo eran tan celosos de su uva que advertían a los visitantes con una frase que se recuerda hasta hoy: «Ni un solo sarmiento forastero».

Eugenio Conde, padre de Feliciano, logró conseguir sarmientos de esa variedad. En su honor, el vino
que elaboran con esa uva lleva el nombre «Viña Eugenio». Al no contar aún con la autorización comercial definitiva del Instituto Tecnológico Agrario de Castilla y León (Itacyl), este vino no puede venderse al público: se sirve sin etiqueta, de forma exclusiva, en el restaurante de la bodega.
Mínima intervención, máximo cuidado
La cosecha se realiza a primera hora de la mañana, en cajas pequeñas y abiertas para evitar roturas y oxidaciones. La uva ingresa a una cámara frigorífica a 5°C para realizar prefermentaciones en frío, técnica que fija aromas y sabores antes de que comience la fermentación. Luego pasa por una despalilladora, una mesa de selección operada por 6 personas y una estrujadora de rodillos dentados calibrada para romper el hollejo sin partir la pepita, evitando así astringencias indeseadas en el vino.

El mosto desciende por gravedad al nivel inferior de la bodega, donde fermenta en depósitos de acero inoxidable con camisas térmicas. En los vinos tintos, el sombrero de hollejos se trabaja mediante bazuqueo manual, sin bombas de remontado. Celia señaló que el objetivo de esta técnica es no hacer «sufrir» al vino. El prensado final, suave, en prensa vertical, permite obtener el vino yema. Posteriormente se realiza la fermentación maloláctica.

Para los tintos de guarda se utilizan barricas de roble francés, tanto de primer uso como usadas. Los blancos se crían sobre lías finas con la técnica del bâtonnage, lo que aporta cuerpo y untuosidad. Para los corchos, se usan tapones 100% naturales en las crianzas y microaglomerados sin plástico en el resto de la gama.
Los vinos
La gama de Huellas del Tiétar comprende cinco etiquetas:
«Relatos» es el tinto de referencia de la bodega. Elaborado con 100% Garnacha tinta, tiene una crianza de 9 meses en barrica de roble francés usada. Su precio en la tienda online de la bodega ronda los 16 euros.
«Efímero» es el tinto más complejo de la gama. Elaborado con Syrah, pasa 13 meses en barrica nueva de roble francés. No forma parte habitual de las catas abiertas al público en el restaurante de la bodega.
«Comisura Blanco» es el Albillo Real de la bodega, con crianza sobre lías finas. Se destaca por su color dorado intenso, herencia de una variedad que la corte española consideraba históricamente como «el vino precioso».

«Bendita Frescura» es el rosado de la gama, obtenido mediante un contacto con hollejos de apenas 6 a 7 horas, tiempo justo para extraer el color sin cargar el vino de estructura tánica.
«Viña Eugenio», como se mencionó, es el blanco de Legiruela que se sirve únicamente en el restaurante, sin etiqueta y fuera del circuito comercial, a la espera de la autorización definitiva de la variedad.
El renacimiento de Gredos
La región de Gredos fue durante décadas sinónimo de vino de cooperativa y producción a granel. El punto de inflexión llegó con la proyección internacional de la bodega vecina Comando G -cuyo nombre homenajea a la Garnacha, a Gredos y al Granito-, cuyo vino «Rumbo al Norte» alcanzó los 100 puntos en la escala Parker, galardón que en el sector del vino se compara con una estrella Michelin. Ese reconocimiento puso a Gredos en el mapa del vino mundial y atrajo la atención de compradores, críticos y proyectos como el de Huellas del Tiétar.

Hoy, la bodega de Feliciano Conde, Teresa y Celia representa con precisión lo que la DOP Cebreros tiene para ofrecer: viñedos viejos, suelos graníticos, intervención mínima y una identidad que no se puede trasladar a ningún otro lugar.
Los interesados en conocer más sobre la bodega Huellas del Tiétar y, por qué no, planificar una visita y reservar en su magnífico restaurante, pueden visitar su página web AQUÍ.













