La crisis de las economías regionales no se resuelve con expresiones huecas. Hay palabras que, de tanto repetirse, terminan perdiendo significado. En la Argentina productiva, una de ellas es «reconversión».
Ante cada crisis de una economía regional aparece la misma respuesta, casi como un reflejo burocrático: «Hay que reconvertir la producción». La frase suena moderna, técnica, incluso inevitable. El problema es que muchas veces se pronuncia desde un despacho por quienes no tienen que financiar la reconversión, soportar los años sin ingresos ni asumir el riesgo de que la alternativa propuesta tampoco funcione.
Como productor vitivinícola, conozco demasiado bien esa escena. Esta reflexión se resume con una palabra que en Mendoza tiene una fuerza particular: «chamuyo». Frente a un problema concreto, es común que el productor que reclama soluciones escuche algo así:
- «Momentito: hay que analizar las cosas con más cuidado… nosotros desde
el municipio ya hicimos todo lo posible (una nota o petitorio) pero desde
el gobierno provincial o nacional no responden». - El funcionario provincial suele responder con expresiones semejantes pero
la culpa va en diferentes direcciones: la nación, los municipios, las
instituciones intermedias. - Los gobernantes a nivel nacional suelen responder «hay que esperar, ya se
va a notar la mejora» o con excusas que involucran a las provincias,
municipios, la justicia o los privados, los ciudadanos…
El resultado es una extraordinaria cantidad de palabras, una preocupante escasez de ideas y absoluta carencia de soluciones que agrede las inteligencias y la paciencia de los ciudadanos.
No se trata de negar que haya que reconvertir la producción. En muchos casos quizá será necesario. pero debemos hacernos una pregunta previa, elemental y políticamente incómoda: ¿Por qué no reconvertimos primero la política?
El productor no vive sólo de diagnósticos
Una explotación agrícola no cambia de actividad por decreto. Para reconvertirse necesita, al menos, una alternativa técnicamente viable, tierra adecuada, conocimiento, infraestructura y capital suficiente para financiar el período de transición.
La literatura científica sobre cultivos perennes confirma precisamente este problema: la adaptación y diversificación son más difíciles cuando existen elevados costos iniciales, largos horizontes de recuperación de la inversión y restricciones financieras. En sistemas agrícolas de larga vida económica, la posibilidad de cambiar rápidamente de cultivo es limitada. Por eso resulta insuficiente recomendar alegremente que un productor abandone una actividad e inicie otra.
Soy productor vitivinícola, enólogo, profesor de enología, he dedicado mi vida a esta actividad, pienso nadie me puede exigirme relegar los conocimientos a mi intimidad, sin influenciar positivamente en la vida social y nacional, sin preocuparme por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos. Por esto, escribo».
DANIEL BUONO
No quiero abundar en detalles, pero ya me he cansado de oír «planten pistacho», como ejemplo de reconversión de largo plazo. Si esto se hiciera el productor debería poder sostener los gastos por unos ocho años antes de disponer de una cosecha significativa. La literatura especializada sobre sistemas agrícolas perennes confirma que ese tipo de transición exige capital, conocimiento y condiciones agroecológicas adecuadas. Esta es una recomendación inviable para pequeños productores que viven al día, de su trabajo.
La pregunta que debería formular un funcionario serio, entonces, no es simplemente «¿qué podría plantar?», sino: «¿Quién financiará a los productores hasta que la nueva plantación produzca?».
El sofisma de la reconversión sin condiciones
Aquí aparece un problema político antes que agronómico. Cuando se propone una solución que no puede ser financiada por quien debe ejecutarla, se corre el riesgo de construir un sofisma administrativo: una respuesta aparentemente racional que evita enfrentar la realidad. La política pública comienza a funcionar como una suerte de cortina de humo. Se habla de modernización, innovación, reconversión y competitividad, pero no se responde a las preguntas fundamentales del productor: ¿cuánto cuesta?, ¿cuándo recupero la inversión?, ¿cómo sobrevivo mientras tanto?, ¿qué ocurre si cambia nuevamente el mercado?
Cuando la dignidad de los productores se ve desfigurada, cuando la política no responde a los dramas de la humanidad, cuando la economía se vuelve contra la persona se debe hacer oír la voz no para dominar, sino para servir a la comunidad.
La investigación contemporánea sobre confianza institucional aporta una advertencia adicional. La ciudadanía evalúa a los gobiernos no solamente por sus intenciones, sino también por su competencia, integridad y capacidad de actuar en función de los intereses de la sociedad. Estudios experimentales recientes encuentran que la percepción de benevolencia -que el gobierno actúe efectivamente en interés de los ciudadanos- ocupa un lugar central en la confianza pública. (Cambridge University Press)
En otras palabras: la gente no necesita funcionarios que expliquen elegantemente por qué el problema es difícil. Necesita funcionarios capaces de resolverlo.
La política también necesita reconversión
Reconvertir la política significa terminar con una práctica demasiado frecuente: administrar las responsabilidades como si fueran culpas ajenas. Significa que cada nivel de gobierno debe responder por aquello que efectivamente está bajo su competencia Significa medir resultados, fijar plazos, publicar información y asumir públicamente cuándo una política no funciona. La ciencia política contemporánea denomina a esto «accountability»: quienes ejercen poder deben explicar sus decisiones y enfrentar mecanismos de control y consecuencias por su desempeño. No es una cuestión retórica. La rendición de cuentas es un componente esencial de la capacidad ciudadana para exigir gobiernos responsables y receptivos. (Cambridge University Press).
Y hay algo todavía más importante: “la responsividad, es decir, la capacidad de los gobiernos para responder a las preferencias y necesidades ciudadanas, es una característica central de una democracia que funciona adecuadamente”. (Cambridge University Press). Y cuando falta el ciudadano lo nota. Quizás sea esto lo que explica que en Latinoamérica pocos gobiernos son reelectos pues el electorado se cansa de sus gobernantes irresponsables. Por eso la crítica no debería dirigirse solamente contra «los políticos». Debe dirigirse contra una determinada manera de ejercer la política: aquella que transforma una dificultad concreta en una interminable cadena de explicaciones.
Enseñanzas de John Stuart Mill
John S. Mill, (padre del liberalismo y uno de los grandes pensadores de la tradición liberal), no concebía al Estado como una maquinaria destinada a sustituir permanentemente la iniciativa de los individuos. En su obra On Liberty defendió con claridad la necesidad de limitar la interferencia del poder sobre la libertad individual y sostuvo que la coerción sólo puede justificarse, en términos generales, para evitar daños a otros.
Hay una formulación suya todavía más pertinente para este debate. Al reflexionar sobre el Estado y la administración, Mill escribió: «The worth of a State, in the long run, is the worth of the individuals composing it». (El valor de un Estado, a largo plazo, es el valor de los individuos que lo componen). El sentido es profundamente actual: la calidad de un Estado no se mide solamente por la «eficiencia» de su aparato, sino por la capacidad que tienen las personas que lo integran para desarrollarse, producir, decidir y participar en la vida social. Y es precisamente aquí donde está fallando el presente gobierno al dejar morir a las economías regionales por ser (según su forma de pensar) «ineficientes».
Mill también advertía contra un Estado que, en lugar de estimular la actividad de los individuos, terminara reemplazándola. Esto sería lo que hacen los populismos de izquierda: dan subsidios y con ello anulan la cultura del trabajo. Los productores no quiere esto, pero sí reclaman un espacio y la oportunidad de vivir del sudor de sus frentes, de su trabajo.
Ese principio ofrece una enseñanza muy concreta para las economías regionales: la función del Estado no debería ser elegir desde un escritorio qué actividad debe abandonar un productor para comenzar otra. Debería crear las condiciones para que pueda decidir libremente, asumir riesgos, invertir y competir. La actividad económica no puede pretender resolver los problemas sociales simplemente ampliando la lógica del mercado, sino que debe estar orientada al bien común, respecto al cual la comunidad política tiene una responsabilidad propia e insustituible.
En vez de arrancar viñedos, se debería arrancar el «chamuyo»
Antes que la reconversión productiva, la Argentina necesita reconversión institucional. Necesita menos burocracia y más responsabilidad. Menos anuncios y más evaluación. Menos derivación de culpas y más funcionarios identificables por los resultados de su gestión. Necesita gestión eficiente. Y, sobre todo, necesita abandonar la idea de que los productores son piezas intercambiables de una planilla estadística. Detrás de cada viñedo hay capital, trabajo, conocimiento acumulado, familias, proveedores y comunidades.
Por supuesto que la solución no consiste en conservar eternamente actividades ineficientes. Tampoco consiste en condenarlas a desaparecer porque a alguien se le ocurrió la palabra «reconversión», o descubrió otra palabra peligrosa, si se pronuncia descontextualizada: «eficiencia».
Una política inteligente debe permitir que el productor se transforme sin obligarlo primero a quebrar. ¿Quién ha demostrado que se logra algo bueno con las quiebras? La pregunta, entonces, no es solamente qué debemos reconvertir. Es mucho más incómoda: ¿Estamos dispuestos a «reconvertir» primero el modo de hacer política? Porque una economía puede sobrevivir a una mala cosecha. Incluso puede sobrevivir a una crisis de mercado. Lo que difícilmente puede sobrevivir durante mucho tiempo es una dirigencia que, frente a cada problema, tiene una explicación distinta pero nunca una responsabilidad propia, ni soluciones concretas.















