El autor es el actual vicerrector de la Universidad Nacional de Cuyo y se ha desempeñado como subsecretario de Turismo del Gobierno de Mendoza. Además, trabajó como directivo de empresas vitivinícolas y es un experto conocedor del mundo del vino, su cultura y su economía. En esta nota de opinión, Fidel detalla el origen de una iniciativa cultural y enoturística que ha trascendido las fronteras de la provincia y hoy atrae a públicos y músicos de todo el mundo.
En estos días Mendoza vive una nueva edición del Festival Música Clásica por los Caminos del Vino, creado en el año 2000 por iniciativa del Gobierno de Mendoza, cuando recién asumía como mandatario provincial Roberto Iglesias y yo tenía el inmenso honor de acompañarlo como responsable de Turismo.
A lo largo de estos años, este evento se ha consolidado en la oferta turística mendocina, impulsado en conjunto por los sectores público y privado. Desde sus inicios, además, contó con el apoyo fundamental de la Universidad Nacional de Cuyo (UNCuyo) -a través de sus organismos artísticos y sus músicos- y las bodegas locales, que brindan sus espacios como escenarios.
Fue una iniciativa de turismo cultural para posicionar a Mendoza como destino de excelencia, y al enoturismo, uniendo la música clásica con el patrimonio vitivinícola, reforzando la atracción de visitantes, respetando la espiritualidad de la Semana Santa, utilizando (además de las iglesias) cavas, viñedos y bodegas como escenarios naturales con acústicas únicas que combinan paisaje, vino y arte.
Desde sus inicios nos propusimos que el festival llegara a todos los departamentos, llevando los conciertos a espacios diversos, más allá de las bodegas.
En este tiempo, el evento ha crecido con éxito, trascendiendo gobiernos de distintos signos políticos, transformándose en una política de Estado y un ciclo de carácter internacional.
En reconocimiento, el festival recibió el Diploma al mérito Konex, por constituir un hecho destacado de la música clásica argentina. La integración cultural y vitivinícola permitió que un ciclo de conciertos se convirtiera en un producto de Turismo del Vino atractivo para visitantes del país y del mundo.
Esencialmente es compartir una experiencia
El turismo genera desarrollo y empleo y, cuando crece con una visión de sostenibilidad incluyendo la dimensión social y ambiental, impacta positivamente en la vida de las comunidades.
El turista contemporáneo es cada vez más curioso, temático, vivencial y experiencial. Cuando emprende un viaje busca trascender, sumar, crecer, conociendo paisajes, culturas, gente, comidas, arte, historia. Basta con ver los relatos de sitios de viajeros donde por sobre todas las cosas, sus usuarios comparten experiencias vitales.
Precisamente, la experiencia vital es lo único, lo irrepetible, lo que busca el enoturista. El visitante no sólo va a las bodegas. Por sobre todas las cosas, anhela vincularse con el territorio disfrutando experiencias e interactuando con un espacio y su identidad. El vino identifica la singularidad de un lugar y representa un valor cultural.
En los comienzos de esta iniciativa, cuando comenzamos a desarrollar la estrategia, algunas bodegas se resistían a abrir a los visitantes; sentían que las labores agrícolas e industriales eran incompatibles con el turismo. El producto aún no estaba maduro y no había conciencia de lo positivo que sería. Con el tiempo todo cambió y comenzamos a ver el impacto económico.
Está claro que las marcas de los vinos de un territorio se vinculan a su identidad y a través de ellas, nos vinculamos al territorio. Gran diversidad de productos y experiencias en las rutas del vino de numerosos países y regiones del mundo, cuentan con enoturismo, el cual tiene éxito cuando brinda una experiencia inolvidable al visitante. Así lo expresamos siempre, en cada destino turístico adonde trabajamos ayudando a planificar, dando conferencias o seminarios.
El destino enoturístico será recordado, referenciado y recomendado en la medida que sea genuino e innovador en los productos que ofrece. Muchas veces, la región tiene recursos magníficos para atraer más al turista. Por eso es esencial ponerlos en valor y transformarlos en productos enoturísticos atractivos, que posicionen al destino y cautiven al visitante.
Razones del éxito del Festival
En la Pascua del 2000 se realizó el primer Ciclo de Música Clásica en Semana Santa con 7 conciertos en 7 iglesias que tuvieron muy buena repercusión local y que posibilitó tomar conciencia de la importancia del turismo cultural. Salvo por la emblemática Fiesta de la Vendimia, este tipo de turismo no había sido suficientemente desarrollado en Mendoza. Los Caminos del Vino estaban surgiendo y se avizoraba su trascendencia.
En 2001 nació formalmente «Música Clásica por los Caminos del Vino. Turismo Cultural en Mendoza». El primer festival se realizó en colaboración de los ministerios de Turismo y de Cultura de la Nación con las respectivas subsecretarías de Mendoza.
En aquella primera edición, además de la invalorable participación y calidad de orquestas y músicos locales, se logró un fuerte apoyo nacional, con la presencia en la dirección del maestro Pedro Ignacio Calderón, entonces a cargo de la Orquesta Sinfónica Nacional, organismo que también participó, incluyendo a solistas como Alberto Lysy. Resultó un evento de altísima calidad artística. Fueron en total 12 conciertos, 6 en bodegas y el resto, en espacios naturales.
La crisis de 2002 nos puso el desafío de hacernos cargo completamente del Festival, sin que el contexto adverso nos frenara. El aporte de la UNCuyo, a través de su carrera de Música, dos orquestas excepcionales y músicos de gran nivel, junto a las bodegas y otros espacios culturales y escenarios naturales, permitieron concretarlo y hacer de este ciclo, un clásico mendocino.

En los años siguientes, con gobiernos de distinto color, pasaron por el festival artistas de la talla de Darío Volonté, Guidon Kremer, la Kremerata Báltica, el maestro Juan Manuel Quintana y muchos músicos destacados de la escena internacional. Pero siempre se mantuvo el espíritu de respetar que la mayoría de los conciertos fueran de músicos locales.
El festival ya ha recorrido un cuarto de siglo. Cada año crece y supera al anterior, y su reconocimiento enoturístico es fundamental. Ha inspirado productos similares donde se une la magia de la música, la alta calidad musical y la identidad del vino y su cultura. Un pueblo que es capaz de construir colaborativamente es una comunidad que crece.















